El jueves me tocó llevar a Paula al shopping para encontrarse con sus amigos. Era una de esas aventuras donde los chicos janguean sin sus padres, pues porque ya son grandes. Así que me tocó llevarme a mí misma por algunas diligencias pendientes en el mall. Ya para la hora del almuerzo, me senté en una mesita de dos sillas cerca de un puesto de café. Como estoy sola, una ancianita se me acerca y me pregunta si puede ocupar la silla vacía por un momento. La verdad es que la vi cargada de paquetes y los espacios al mediodía en plena Navidad son escasos, por lo que accedí a su petición y comenzamos a hablar. Con toda confianza me dejó su cartera y $5 sobre la mesa en lo que se compraba un café con un bizcochito de zanahoria. Me parece que se coló en la fila del puesto pues la señora de la fila me miraba con cara enojada, como quien dice: "mira, tu abuelita se está colando", y pienso así porque a pesar de la larga fila la vi muy pronto en el mostrador poniendo su orden. Pero claro, todo puede ser producto de mi imaginación y quizás, realmente hizo la fila. Quién sabe. Finalmente se sentó conmigo con su almuerzo y me preguntó: "¿a ti te gusta la Navidad?". "Sí, me gusta." -le respondí. Y ella me dijo: "Pues a mi no." Su tono de tristeza reflejaba una angustia que, por alguna razón, se enmarcaba en su rostro. Me dijo que la angustia de comprar regalos la molestaba, y que aunque compartía estos días con sus hijos y sus nietos, recordaba a sus padres, a sus hermanas que ya no están con ella y eso la hacía sentir triste. Que aunque han pasado muchos años de su partida, aún les recuerda y le da tristeza. Yo, como de costumbre, no sabía qué decir. Es de esos momentos en que siento que si abro la boca no voy a ser de consuelo, sino todo lo contrario. Así que decidí escucharla y reflexionar en sus palabras. Seguimos hablando de otros temas más triviales y menos profundos y, al rato, me despedí con una sonrisa, muy feliz de haber tenido un encuentro con la ancianita del mall.
Nunca digas que los tiempos antiguos fueron mejores que estos porque no hablarás de esto con sabiduría, más o menos algo así dijo el rey Salomón. Y me parece que a veces damos las cosas por sentado. El hecho de ser agradecidos nos hace pausar y mirar con atención el momento que estamos viviendo y, lo más importante, saber que no durará para siempre. Todo cambia. Los hijos crecen, la familia se separa, llegan nuevos amigos, nacen nietos... y cada momento tiene su aire especial. Su alegría. Y es importante pausar, reconocerlo y agradecerlo porque esto también pasará.
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