En mi viven muchas habitaciones, pero una en especial llama mi atención estos días.
En ocasiones intento, tímidamente abrir su puerta. Nunca sé con qué me sorprenda. Usualmente se siente vacía, y me entristece. Abro lentamente la puerta con temor, quizás con expectativa, y hasta esperanza, de que al abrirla me introduzca en el mundo que un día conocí allí: Un mundo lleno de amor, risas y esperanza. Pero no. En estos días cuando abro la puerta siento vacío. Un vacío extenso porque los muebles que un día la engalanaban ya no están. Extenso porque las decoraciones de las paredes fueron removidas, sus lámparas saqueadas y el piso ya no brilla como solía hacerlo, invitándote a que te acurrucaras en una esquina con la suavidad de las mantas y cojines que lo complementaban. Hoy el polvo y la humedad se han apoderado de las paredes y el techo, y ya no destellan el brillo y la luz que un día me regalaron.
Al entrar contemplo a mi alrededor una escena lúgubre. Sombría, llena de despojos y pedazos rotos de lo que un día se vivió allí. Lentamente entro y cierro la puerta detrás de mí, y camino hasta el centro del espacio. Doy una vuelta en el mismo lugar intentando atisbar un pedazo de algo que no haya sido roto, pero no lo encuentro. Todo quedó destrozado. No me queda otra que llevar mis manos a mi rostro y permitirle a la gravedad que haga lo que mejor sabe hacer: halar hacia el suelo lo que no tiene fuerzas ni energía para mantenerse en pie. De rodillas, con el rostro en el suelo y entre sollozos le pido a Dios que lea mi corazón y me abrace como solo Él sabe hacerlo. La luz del Salmo 42 inunda mis pensamientos: ¿Por qué te abates oh alma mía, y por qué te turbas dentro de mí? Espera en Dios porque aún he de alabarle, salvación mía y Dios mío.
Pero en otras ocasiones, al entrar, veo como en un espejismo, todo hermoso, bien arreglado, los hermosos muebles bien acomodados en su lugar, la alfombra limpia y suave, las ventanas revestidas con hermosas telas traslúcidas que permiten la luz del sol entrar suavemente a la habitación, y las paredes cubiertas con los más hermosos tapices que reflejan colores brillantes y armonía. Es asombroso como un espacio un día puede parecer destruido y al siguiente completamente ordenado, como si nada hubiese ocurrido. Sin embargo, al acercarme, y tocar las hermosas decoraciones de las paredes, las puertas o las mesas, mi mano traspasa lo que a mi vista parece ser un objeto real. Intento agarrar, sostener o tocar suavemente lo que estoy viendo, pero no es posible. Intento con ambas manos, pero mis manos solo atrapan la nada. Ante la confusión me muevo a otro objeto, y sucede exactamente lo mismo. Atrapo la nada. Lo que mis ojos ven en realidad no existe. Es un truco, una ilusión, un espejismo que intenta hacerme creer que algo existe cuando no es así.
Otros días entro y ya no hay espejismo. La cruda realidad de la destrucción se hace presente y solo me siento al borde de la ventana a contemplar el paisaje. Contemplo con la esperanza de atisbar alguno de los objetos que estuvieron presentes aquí, en esta habitación. Quizás algo está cerca y puedo recuperarlo con un poco de esfuerzo, quién sabe. Quizás alguien devuelva lo que un día tomó prestado. Quizás, por error, se haya escapado alguna manta, algún cojín, alguna silla y quizás pueda traerla de vuelta. Quizás...
